Pos estamos de manteles largos

Hoy se cumple un año de blog luciferoso.  Gracias por todas sus lecturas y visitas. Sobreviví y espero seguirle dando vuelo a la hilacha por un tiempo más, no prometo nada, pero deseo escribir cada vez con mayor soltura, menores intervalos y más concisión porque ah, jijo, cómo me suelo extender como si se tratara de un papiro, cando estamos en plena posmodernidá!

En fin, celebro este primer año con la sorpresa que no me cabe en la cabeza de las 3 y cacho visitas de miles de despistados buscadores.  Me felicito y festejo locamente por no haberme vuelto una cara diva ni haya masturbado mi ego en todo este tiempo (ups, creo que con lo que cabo de decir ya caí en la trampa y me puse tras un aparador finísimo que vende ”humildad”, ¿estaré ya ebria del fiestón loco y los tragos?)

Que esto que el otro… ¡Salud!

De cómo me obstino en dispersión suicida

Desde hace unos meses, presentía que me iba a ser revelada información trascendental.  Creo que por fin lo sé y es casi una epifanía saberlo porque ya no andaré de pretenciosa queriendo hacer cosas importantes en la vida:  Soy una artista de la evasión.

Fui terriblemente sarcástica pero a quién engaño, ésta no es una verdad feliz ¡Ah, chingá… cómo me jode! la paso haciendo todo lo que no me importa para aplazar lo que  verdaderamente me interesa. No pospongo los asuntos triviales como lavar ropa o trastes, ordenar documentos, leer revistas o blogs, ordenar los discos (claro, después de limpiarlos), cortarme el cabello, cambiar botones, comprarme ropa, aprender a cocinar, ver documentales,… esos, sí se resuelven día a día, pero escribir, ir al teatro, retomar la danza, ir al doctor, iniciar ese curso pendiente, escribir la teeesis!, esos sí que los pospongo un día más.  Y otro.  Y otro. Es una actitud suicida esta. Dejar todo para cuando ya urge, para cuando debía ya estar terminado, siempre al cuarto para la una.  Y luego viene una parte culpígena que no puede con sí misma y con la presión del mundo: tesis, maestría, pareja, familia, casa, etc. Lo que me consuela es que Cioran dijo alguna vez que “Sólo se escribe con pasión, con verdad, cuando se está acorralado. La mente trabaja bajo presión. En condiciones normales, permanece improductiva, se aburre y aburre”.  Más me vale creerlo.

Aquí arriba, el enlace a un cortito (con voz y todo) de un tal Lev, que hace monos con historias sarcásticas. Le va muy bien a este síndrome que los gringos bautizan con un nombre medio impronunciable y cacofónico -como la palabra impronunciable- hasta para ellos.

Del manuscrito a la computadora

Si la escritura nos fue arrebatando poco a poco la memoria, la computadora fue el paso último para pasar a un proceso intelectual distinto en la integración de las ideas.  Entre la gente que estudia la socialización de la escritura a fines de la Edad Media, se menciona que ésta no sólo cambió la técnica para publicar una obra “literaria”, sino que cambió todo el sistema cognitivo.  Y la pérdida más lamentable es la memoria.  A raíz de la escritura, en vez de juglares, hubieron más sermones, en vez de trovadores, hubo más teatro, etcétera.  No es que la literatura no haya ganado con la escritura, ni se haya enriquecido, sólo que las obras perdieron esa energía viva del aquí y ahora, dejaron de haber performancia y ejecución inmediata, para haber oralización de textos (lectura en voz alta frente al público con algunos ademanes), lectura en voz alta en pequeños grupos o a solas.  Y finalmente, lectura en silencio y aislada. La memoria que conservaron los hombres que memorizaron leyendas como la Ilíada, obras de teatro, El Mío Cid, etcétera, entre el Medievo y los siglos de Oro cuado aún la escritura no era totalmente popular (pues aún los pliegos sueltos eran leídos muchas veces por el personaje culto del barrio a todos los demás) debe haber sido descomunal para lo que hoy estamos acostumbrados, una memoria ligada al ritmo, al movimiento, a las emociones y a la memoria colectiva. Debe haber sido estupenda, grandiosa.

A pesar de haber nacido en los ochenta, yo todavía experimenté el proceso del manuscrito a la máquina de escribir y de la máquina de escribir al ordenador –dijeran los españoles –.  Mi percepción actual de tales modos de escritura es la siguiente.  Escribir en un cuaderno con lápiz y papel sigue siendo un proceso un poco más íntimo, pero también ha perdido prestigio, a veces es visto hasta como de mal gusto; así sean las notas más interesantes si están a tinta o a carboncillo se ve descuidado, sucio, improvisado, pobre, infantil, casi en el ámbito que sea: oficina, academia o cualquier contexto donde se use la escritura.

Las notas en máquina de escribir casi dan risa pues creo que es la forma menos usada, ya que al contrario del manuscrito, esa sí fue sustituida.  Cuando entré a la Facultad de Ciencias Políticas, yo venía de un Colegio de Bachilleres en Oaxaca, donde si uno era fresa, quería lucirse y tenía los medios, entregaba un trabajo hecho a máquina de escribir, en algunos casos hasta en máquina eléctrica, pero donde eran aceptados los trabajos a puño suelto, en varios colores de tinta y hasta con fotos recortadas y pegadas a mano.  Cuando me enfrenté a escribir en la máquina de escribir, me daba terror equivocarme, en primer lugar por economía de papel, tinta y tiempo y en segundo porque no había forma de regresarme en la escritura, se empezaba y se terminaba, punto.  Y a pesar de, como ni siquiera había noción de que eso se podía hacer, pues también tenía una actitud más inocente y escribía de un modo más aventurero.  Intentaba buscar sinónimos y poner en orden mis ideas y antes de comenzar a escribir seguro tenía en la cabeza un borrador del texto.  Y bueno, en algunas ocasiones sí hice un borrador manuscrito previo.  En fin, era una especie de viaje más incierto.

Poco después, tomé un curso de uso de software y adquirí una computadora, donde puedo ver todas las mañas (ejem, perdón, herramientas) de las que uno puede valerse al escribir en computadora; para empezar, el diccionario de sinónimos, pero después, si crees que aún con la bibliografía que posees te falta información, recurres a la búsqueda en internet.  Por supuesto, esto me parece una ventaja, lo que creo es que cada vez hay menos esfuerzo intelectual de nuestra parte y la memoria se ha hecho tan frágil como una hojita seca entre el viento del otoño. Y luego ¡la mayor cosa! La edición.  Esta es una herramienta básica casi para cualquier documento.  Y entre los escritores e investigadores ha significado un gran ahorro de energía.  Eso de hacer fichas de trabajo en tarjetitas de cartón o escribir un texto denso y fragmentario se ha hecho enormemente sencillo y casi forma parte de un retórica de la sintaxis de la escritura a computadora.  Si algo que habías puesto en el medio no te gustó, lo pasas al final o al principio.  Si una nota al pie está mal colocada, la mueves de lugar y listo.  Pero el chiste de esto es que muchas veces ya no tenemos el bosquejo de nuestro trabajo en la cabeza, sino en la computadora (si por alguna razón se borran archivos de la compu, estamos per-di-dos) y éste muchas veces varía con cada “inicio de sesión”, se va armando e improvisando de acuerdo al transcurso de la escritura.  Eso realmente es lo que me ha fascinado de este tipo de escritura y es un asunto que hasta suena viejo (digo, ya Sartori reeditó no sé cuántas veces el Homovídens), pero a mi me sigue sorprendiendo y creo que distingue la forma de estructurar las ideas de muchos contemporáneos.

 

¿Es una chaqueta mental?

“…que mueras por mi.”

¿Será mucho pedir que entre todos los seres me prefieras a mi?  Sin hacer contrato ni demandar amor ruidosamente.

Acerca del post anterior

…no es queja.  Nomás siete impresiones sobre el tiempo, en diferentes estados de ánimo.  El prImero  - último de la lista-  y por cierto, motivo inspirador, es de Cortázar.  La VII fue la última impresión y con la que me gustaría quedarme.

Tic, tac.

II.

Algo en mí ha vuelto a la adolescencia, mi actitud, mi interior.  Pero al mismo tiempo estoy más vieja.  Por eso me preocupo, si he vuelto a la inexperiencia y la necedad, ¿cómo es que tengo muchos más años? ¿A dónde llegaré cuando pase más tiempo? ¿Coleccionar días no significa superarlos?  

III.

Una vez me vi con mis ojos de los diez años a la que era en ese momento, de veintantos y no me gusté, pensé que todo estaba acabado. Me fallé, me dije.  El presente era un futuro concluido, sin nada que agregarle.  Y me dieron ganas de correr hacia atrás en cámara rápida y soltar lo que tenía entre las manos, gritar y estallar una bomba en mis zapatos.  Ayer era menos sólido que mañana; el pasado era aire, el futuro era una roca.                                                                                                                                                                                  

IV.

Una noche divina y rara, la lumbre frente a mí dijo algunos secretos que viajan perpetuamente en el espacio pero de tan obvios y diáfanos no los notamos: -El tiempo está en tu cabeza.  Todo ocurre simultáneamente. No te preocupes de dejar huella.                                                                                                                                                                                                                V.

V.

Un día cualquiera llamó mi madre y, entre las noticias, conté que él había ganado un premio y que viajaríamos juntos en cuanto hubiera tiempo. Lo dije porque era una forma más de afirmarme frente a ella. Lo tomó como una confesión de comadrita, y con un tono de cierta esperanza dijo: ¡es como si fuera una luna de miel!.  Yo me sentí la más equivocada del mundo, y ella -desde mi perspectiva- había dicho la cosa más lapidaria del mundo. Me despedí siguiendo la corriente.  ¿Por qué dijo eso ¡si yo me siento como una niña!? Huyo entonces de ser adulto. ¿Es lo que nos hace el reloj después de todo, asumir roles? Maldije el transcurso del tiempo porque no quiero ser un rol, me niego a que ser grande sea tragarme el sistema.  Soy una niña, me empeño en serlo.  Me quedo en mi escondite de la inmadurez.                                                                                                                                       

VI.

Tengo miedo de que me pesque desprevenida. Dicen que el tiempo lo hace solo, uno no tiene que hacer nada…  

VII.

Ayer me lavaba las manos y me vi en el espejo hacia dentro.  Recordé la que yo era cuando pensaba en mi futuro durante mi infancia.; la niña que se preguntaba cómo sería de grande, de súbito tuvo una respuesta: - Así, como ahora.  Como si entonces esta que ahora soy –o que era anoche- fuera el futuro de la de ayer.  Estoy toda por crearme a cada instante y mi presente es el futuro. A cada momento que soy consciente del tiempo, percibo que soy el futuro y puedo ser lo que quiero y puedo ser audaz y punk, imaginativa y emancipada.  Puedo estar de buen humor. Y tan sólo de saberlo sonrío y estoy de buen humor, es sorprendente la libertad de acción que otorga saber que el tiempo que viene es creación pura. 

I. Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan. ¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Julio Cortázar.

PD Espero darme tiempo de comentar Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, de Michel Gondry, para seguir dándole vueltas a esta desquiciante  idea.

Meteoro -ito?- en el Tristito

Esta ciudad es neurótica per se y con un fenómeno natural como el de hoy, la gente se asusta y se pone agresiva de inmediato. Qué susto.  No sé si habrá ocurrido en toda la ciudad o nada más en el sur.  No sé para quiénes fue más extraño, si para los que estaban en la tranquilidad de sus casas cuando de pronto oyeron retumbar el cielo y cerraron puertas y ventanas para guarecerse en espera pasiva.  O para quienes nos tocó en la calle y de alguna manera ya veníamos en el caos pero cuando esto ocurrió nos sentimos más desprotegidos.

        Hasta este momento desconozco si el ventarrón que hubo se debe a algún huracán en un estado vecino o a que febrero loco se nos adelantó.  Lo que sí tengo claro es lo que sentí, una advertencia fuerte de la tierra, el botón de emergencia de la naturaleza en amarillo, y lo único que me vino a la mente fue: si una zona le debe algo al planeta es esta ciudad.  Así que tal vez sólo se trata de empezar a cobrar las deudas. En general lo que se percibía en la calle al principio era una callada atmósfera de Apocalipsis. Que ocurriera justamente al crepúsculo fue más impactante.

      De la nada se empezó a sentir un viento, si bien anormal, en apariencia no demasiado fuerte; aunque sí lo suficiente para levantar mucho polvo e incrustarnos basurita en los ojos.  Poco después comenzó a tronar, no se sabía si el sonido provenía de los espectaculares que se azotaban con el viento o eran las nubes y sus relámpagos, porque al parecer, iba a llover, aunque el cielo, más que blanco o gris azulado, como suele verse por la contaminación lumínica y el smog, tenía un tono terracota, o entre café y rojo; miré una densa capa de polvo revolviéndose arriba de los edificios.

       Después, las reacciones se dividieron en dos, los más o menos prudentes que se transportaron a sus casas con cierta precaución, y los neuróticos, que se cruzaban las calles impulsivamente o los automovilistas que aventaban el coche y les valía pito la demás gente.  Decidí moverme caminando hacia mi casa porque tal como se veía el tránsito de coches y peseros, corría más peligro si me subía a alguno y perdería más tiempo. A los dos minutos de caminar me di cuenta que no era buena opción pues el cuerpo me empezaba a picar, revisé y tenía hojas y basura hasta dentro de los chones y el sostén (¡tanto trabajo que me costó decidir bañarme hoy!)

     Preferí, después de tal evidencia, subirme a un pesero del que me bajé pronto porque avanzaba poco.  Caminé un par de kilómetros.  Al llegar a Río Churubusco, en la lateral norte-poniente vi una ambulancia intentando atravesar y no podía, el herido aún en el piso sin asistencia; coches y gente aglomerados sin poder –quizá en el caso de los curiosos que iban a patín, simplemente porque no querían perderse la nota roja– avanzar hacia ningún lado. Y en la lateral sur oriente, un árbol caído encima de tres coches y por lo tanto sin tránsito alguno. Un muy feo panorama. Aceleré el paso y llegué a casa unos 20 minutos después.

       Hasta este momento sigo escuchando sirenas de ambulancias y helicópteros cerca de la casa. La luz aún no se restablece –estoy aprovechando la pila de mi compu portátil y uso interné telefónico–. Acabo de ojear en La jornada que el viento se debió a un meteoro y el especialista al que entrevistan en el Reforma dice que fue un fenómeno momentáneo, con un tono de voz muy ecuánime y confiado, como diciendo: “no es para tanto”.

       Y sí, efectivamente creo que no fue para tanto, pero si así nos ponemos cuando hay un meteoro leve con viento de 70 km por hora ¿cómo nos pondremos si ocurre algo más desastroso. Más que un desastre natural me dan miedo las reacciones humanas.

      Es evidente que –hablo en general, sé que hay valiosas, admirables y esperanzadoras; superhumanas excepciones– no estamos preparados para un fenómeno natural sorpresivo; es evidente que cargamos una gran culpa respecto a la vida del planeta; es evidente que estamos desconectados de la naturaleza y por eso nos asusta, no entendemos su lenguaje.  Y es evidente, que nuestra condición es de seres inacabados, de ánimos débiles sin fortaleza psicológica.  No somos seres alados de la noche, no somos duendecillos con poder y magia, somos a menudo muy predecibles y patéticos.  (Lo digo porque hoy hubo un atropellado, yo lo vi de lejos pero me consta y no fue precisamente un árbol quien lo atropelló).

Epílogo. Que venga un meteoro y nos recuerde que nuestra vida se puede terminar y que en realidad no somos nada, no es nada grato.  Ahora entiendo la neurosis de la ciudad y la mía propia: El ego no se quiere morir.

Moraleja: Las palabras favoritas de este texto son evidencia y evidente. ¡Ja!