Los metates

Frecuentemente me pregunto cómo diablos es que se sostiene la economía de este país o, mejor dicho, la del pueblo. Cincuenta (sin cuenta) millones de personas -en promedio- en situación de pobreza de las cuales 18 millones -o quizá más- que padecen pobreza alimentaria, es algo que da vergüenza pero que también parece inverosímil o sólo posible en un universo paralelo dentro de la gran novela fantástica de México. Pero eso sí: estamos en la mera Posmodernidá, en el siglo XXI, entre los discursos de inclusión, diversidad, derechos humanos, globalización, tatatá… Y existen numerosas instituciones de ayuda humanitaria y altruismo y ONGs, ¡Jesús de Veracruz!

Todos sabemos que, lejos de que la pobreza se descarte como problema, las cifras crecen y para la mayoría de los que no encarnan esta circunstancia, la miseria es un dato más porque no se rozan a diario con ella, a excepción de cuando visitan aquellas zonas de la metrópoli calificadas como peligrosas o parte del cinturón de miseria que atraviesan con cara de fuchi y se quejan por la inseguridad de la ciudad. Yo incluso confieso que evito tener contacto con esas regiones transparentes, básicamente para no ponerme triste aunque, algunas veces por estrategia, tomo una vía rápida que atraviesa la ciudad y caigo donde no quiero caer, veo lo que quisiera seguir ignorando. La franja de la Central de Abasto me deja siempre un sentimiento de injuria, me deshonra, la pestilencia es insoportable, el viento te proyecta basura y humo a la cara, hay un sol infernal por la deforestación y escasez de agua, el ruido es constante y profuso. Pienso en la gente que vive ahí y no debería, es totalmente insalubre, lo lamento mucho y mi lamento no sirve de nada, pero esa sensación cambia cuando llego a la UAM-I y me encuentro con un comedor universitario subsidiado (logro de los trabajadores) donde uno degusta una comida más o menos balanceada, de tres o cuatro tiempos, por la fabulosa cantidad de cinco pesos, incluido el pan, excluida la bebida que se cobra a precio comercial. Eso sí que me parece una maravilla.

Desde que llegué a vivir a la ciudad, hace unos nueve años, mantengo la idea de que los comedores de comida corrida y los comedores universitarios son parte de ese prodigio secreto que sostiene la economía de muchos mexicanos, no entiendo cómo sucede y cómo puede ser negocio pero funciona: por 25, 30 o hasta 50 pesos, depende de la zona, uno puede sentarse en una mesita agradable, a veces con un clavel al centro o algún otro elemento con intención ornamental, tiene uno derecho de que lo traten amablemente y rápido, le pasan a uno todo a la mesa, come uno acompañado y ve qué comen los demás, escucha conversaciones, mira excentricidades como el arroz con huevo o los frijoles como postre.

Con suerte y buscando mucho se hallan los lugares más agradables; muchos tienen televisor instalado y toda la cosa -aunque debo confesar que la TV como atmósfera a mí ni me gusta-, ¡hasta el comedor de la UAM-I tiene su pantallota!; otros, nomás radio, cantantes ambulantes o el puro bullicio de los comensales, que normalmente son trabajadores y estudiantes, o gente sola; unos no pueden regresar a comer a casa entre un turno y otro, los últimos no aguantan comer solos en su casa y su bolsillo no lo soporta, les “sale más barato” comer una comida corrida que cocinarse para sí mismo todos los días en casa.

En fin, a mí – y creo que a muchos – los lugares de comida corrida me resuelven la vida; me traen una suerte de fe porque vuelvo a creer cierta estabilidad y a disfrutar de comer en tiempos. ¡Cómo puede funcionarles este asunto de darte de comer por treinta pesos cuando gastan en la materia prima, empleados, gas, luz, agua, renta, cómo es que reditúa! Al parecer todo funciona simplemente porque al mayoreo todo cuesta menos (¡y pensar que es una ley capitalista!) pero yo más bien creo que se trata del milagro de la multiplicación de los peces del que se habla en los Evangelios; la fuerza de la comunidad hace todo.
Bendita Patrona de las fondas, ruega porque no suba la cebolla; Venerable Santo de las Cocinas Económicas, ruega por nosotros.

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4 comentarios sobre “Los metates

  1. Quizás sea más barato si el local es propio y el negocio familiar.
    Yo tampoco conocìa la comida corrida hasta llegar al DF. Recuerdo que el platillo de mi primera vez fue “ropa vieja”, muy buena por cierto.
    He oído que algunos índices de una sociedad son cómo se trata a los animales, a los niños, a los presos o a los “mentalmente alternativos” (por mencionar eufemísticamente a los locos). Pero aquí propones un nuevo parámetro: La cocina económica. Que tenga cuidado el gobierno si intenta atacarla, como por ejemplo, subir la tortill—un momento, ¿qué no está pasando eso AHORA?

  2. jeje. yep.
    me gustó mucho el post. este nuevo género de los comentarios plebeyos informales es el que te va mejor: te siento naturalita, cómoda. deberías buscarle más por ahí.

  3. Ya quisiera una sucursal de Los Metates en Villahermosa, dónde mi comida corrida alcanza los 50 pesos.
    Hiciste mucho bien en mudarte a WordPress xhunca.
    Un abrazo.

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