Museo Nómada de Simón Vélez. Ashes and snow de Gregory Colbert.

Sí, la recomiendo.

Esta exposición tiene todo para ser muy vista: un nombre exótico, un aparato de difusión importante, está ahora en el centro de la ciudad, la entrada es gratuita y tiene un amplio horario de visita.

Por supuesto, la idea no es totalmente nueva.  Decir nómada, remite a las etnias cuya búsqueda constante de condiciones favorables redundaban en una vida itinerante.  La elección de este nombre para el museo es mañosa, aunque no del todo equivocada.  Desde que supe que tal construcción en el zócalo iba a albergar una exposición artística tuve cierta antipatía, puesto que los museos no son los itinerantes, sino las exposiciones, así que el nombre pomposo bien podría reducirse a exposición ambulante o exposición viajera, qué se yo.

Tenía todas las reservas que se pueden tener ante un proyecto arquitectónico que he visto armar durante casi tres meses y cuyo costo calculaba altísimo -ahora que sé que se hizo con dinero de Rolex y no del Estado, estoy tranquila-  Por otro lado, los escasos adelantos fotográficos que vi efectivamente vendían el discurso de que las etnias indígenas vuelven a ser la imagen snob, con un subtexto en que se mira  a oriente y al continente africano como desde arriba; se les reconoce una riqueza cultural y una belleza “exótica” y se les mira como con ternura, casi como seres humanos.  Con la foto también recordé aquella ochentera o noventera –no me acuerdo- campaña de la marca Benetton que retrataba junta a gente de distintas razas y lograba una unión armónica pero idealista o poco verosímil, principalmente para la sociedad gringa. Como no tenía ningún antecedente, mi imaginación ya había volado y había pensado en alguna especie de labor documental ética filantrópica-ecológica sobre esos continentes -Asia y África- de los que nunca sabemos nada.  Así que me escandalizaba, ante una supuesta obra ecologista, ver el derroche de una pared gigantesca de bambúes.

Engañada voy a morir.

Con todos esos antecedentes, más el contexto de la ciudad, ruido, mal humor, petulancia, verborrea interminable con mi acompañante, entré en la sala:  Automáticamente me callé.  Hagan de cuenta el comercial de la sopa Maruchan, pero más místico.

Son dos pasillos de duela largos que contienen unas treinta fotos enfrentadas y entre ellas uno camina mirando hacia izquierda y derecha. Aunque lo primero que uno percibe a la entrada es oscuridad y silencio, muy pronto se da uno cuenta de que esta oscuridad y silencio no son totales, sino que el enorme edificio está ambientado con luz ámbar indirecta y además merodea una música minimalista con toques orientales como bajos y platillos japoneses y una voz a veces en un grito y a veces a media voz o en susurro. Enuncia una melodía austera entrecortada que se adivina como un canto del alma, una voz interior, un rezo, un rito; podría quizá relacionarse con Madredeus, Jaramar, Dead Can Dance.

De dos y medio de alto por tres y medio metros de ancho las fotos están (caben muchas Lucis y muchas personas en tal tamaño de lienzos) están impresas en papel mate, al parecer en blanco y negro o sepia. Penden de paredes inexistentes, flotan en medio de la oscuridad – en realidad cuelgan de hilo invisible desde el techo –.

En el piso de las fotografías, o sea, a los dos costados del pasillo, se encuentra un aparente río o canal de agua que refleja la luz, seguramente fabricado con algún material plástico. Entre cada fotografía hay una columna de bambúes con puntas talladas que no llegan al techo.  Las cortinas que comunican algunas salas, están fabricadas de bolsitas de té; las demás salas son de video, en dos se muestran cortometrajes sin narración y en la sala principal al centro del recorrido, se encuentra una enorme pantalla que proyecta el filme más atractivo de los tres de Colbert: Ashes and snow.

Nieve y cenizas o el ardor místico.

Las fotos no deseo –ni creo que ustedes quieran– describirlas. Aunque de entrada se sabe que se trata de ficción, es una ficción muy dulce; poesía apologética; loa pictórica; se nota el arte lueguito lueguito.

El efecto se completa al ver la película Ashes and Snow; allí aparecen muchos de los cuadros vistos antes en papel, aparentemente inertes.  La narración tiene como personajes a la armonía entre el hombre y la naturaleza; elementos como el agua y la tierra son exaltados, pero el personaje principal, a mi parecer, no es el hombre, ni los animales o la tierra por sí mismos, sino su encuentro. El protagonista es el centro de la experiencia sensual, la unión del hombre con la naturaleza, la religión del goce, el baile de los sentidos conscientes, el despertar de los sentidos, la unión física y espiritual con el otro, la contemplación hacia dentro y hacia fuera entre todos los seres naturales, el roce de amor.  El discurso está sutilmente relacionado con el budismo zen, pero esto no estorba la percepción de la obra; me recordó también Baraka, una de las películas más chingonas que he visto.

Creo que vale la pena ver esta exposición; porque no hay lenguaje que obstaculice el punto donde el arte tiene que pegar: en las emociones.  Hay una especie de anhelo en esta obra, una mirada sugestiva que nos deja con ganas de experimentar lo que se ve.  Definitivamente contrasta con el ámbito de la ciudad y calla al más “picudo”.

¿Bambúes Nómadas?

La arquitectura nómada además de estética y mínima es cómoda: da la impresión de prescindir de piso, paredes y techo; aparenta una convivencia con algo distinto a los muros y artefactos de la megalópolis. El arquitecto, Simón Vélez definitivamente no tiene el crédito que merece en las notas que he visto sobre esta exposición; su trabajo es sin duda, brillante; sólo que, al contrario de lo que parecería una invitación a las construcciones sustentables y ecológicas, esto parece ser un despliegue de recursos naturales que dudo mucho sea re-usado adecuadamente. Aunque el bambú no sea una especie en extinción, sí me queda la inquietud de qué se hará con todo el material invertido en la exposición.  En entrevista, Colbert, dijo que el material se reutiliza, será el mismo que viajará a otros puntos del planeta, de ahí el nombre de Nomadic Museum. Intentaré creerle, mientras no tenga manera de comprobarlo, suena más esperanzador.

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9 comentarios sobre “Museo Nómada de Simón Vélez. Ashes and snow de Gregory Colbert.

  1. Muy buena reseña.

    Lo de la sopa Maruchan estuvo muy exacto y divertido.

    OJO: Benetton es una firma italiana, no gringa.

    Me gusta acompañarte. Y me gusta platicar contigo.

  2. me podrías enviar imágenes del museo,te lo agradecería mucho, ya que estoy haciendo un trabajo sobre la arquitectura de Simón Velez

  3. hola me llamo andres y pasando haber algo de el museo nomada me encontre con este sitio pero antes que nada quisiera que no les molestara mi comentari pero yo no coinsido con ustedes ya que el museo carece de espacio para poder observar las fotografias que por cierto no son nada del otro mundo puesto que en esos paises los humanos acostumbran a convivir con los animales y son su familia no es nada del otro mundo pero me gusto tu reseña y me la voy a robar para la escuela jijijiji gracias y sube otra porfa esta chido tu espa bye

  4. tus comentarios me parecen muy honestos. felicidades, excelente reseña. Soy arquitecto, por lo tanto me agradó mucho que además de la exposición hayas comentado el espacio arquitectónico, que es en esencia, el contenedor y creador de la atmósfera propicia para la exposición y que, en efecto, ha sido injustamente valorado.
    quedo a tus ordenes.

  5. arq. simon velez estoy muy impresionado del desarrollo de su vida y esa sindiosis con el acero vegetal. usted a logrado descubrir una alternativa sostenible debido a su ingenio y obsesiòn.
    como maestro constructor que soy le cuento que usted ha sido una persona de mi almiracion y lo que mas me gustaria algun dia seria trabajar en uno de sus proyectos.
    que Dios lo bendiga.

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