Meteoro -ito?- en el Tristito

Esta ciudad es neurótica per se y con un fenómeno natural como el de hoy, la gente se asusta y se pone agresiva de inmediato. Qué susto.  No sé si habrá ocurrido en toda la ciudad o nada más en el sur.  No sé para quiénes fue más extraño, si para los que estaban en la tranquilidad de sus casas cuando de pronto oyeron retumbar el cielo y cerraron puertas y ventanas para guarecerse en espera pasiva.  O para quienes nos tocó en la calle y de alguna manera ya veníamos en el caos pero cuando esto ocurrió nos sentimos más desprotegidos.

Hasta este momento desconozco si el ventarrón que hubo se debe a algún huracán en un estado vecino o a que febrero loco se nos adelantó.  Lo que sí tengo claro es lo que sentí, una advertencia fuerte de la tierra, el botón de emergencia de la naturaleza en amarillo, y lo único que me vino a la mente fue: si una zona le debe algo al planeta es esta ciudad.  Así que tal vez sólo se trata de empezar a cobrar las deudas. En general lo que se percibía en la calle al principio era una callada atmósfera de Apocalipsis. Que ocurriera justamente al crepúsculo fue más impactante.

De la nada se empezó a sentir un viento, si bien anormal, en apariencia no demasiado fuerte; aunque sí lo suficiente para levantar mucho polvo e incrustarnos basurita en los ojos.  Poco después comenzó a tronar, no se sabía si el sonido provenía de los espectaculares que se azotaban con el viento o eran las nubes y sus relámpagos, porque al parecer, iba a llover, aunque el cielo, más que blanco o gris azulado, como suele verse por la contaminación lumínica y el smog, tenía un tono terracota, o entre café y rojo; miré una densa capa de polvo revolviéndose arriba de los edificios.

Después, las reacciones se dividieron en dos, los más o menos prudentes que se transportaron a sus casas con cierta precaución, y los neuróticos, que se cruzaban las calles impulsivamente o los automovilistas que aventaban el coche y les valía pito la demás gente.  Decidí moverme caminando hacia mi casa porque tal como se veía el tránsito de coches y peseros, corría más peligro si me subía a alguno y perdería más tiempo. A los dos minutos de caminar me di cuenta que no era buena opción pues el cuerpo me empezaba a picar, revisé y tenía hojas y basura hasta dentro de los chones y el sostén (¡tanto trabajo que me costó decidir bañarme hoy!)

Preferí, después de tal evidencia, subirme a un pesero del que me bajé pronto porque avanzaba poco.  Caminé un par de kilómetros.  Al llegar a Río Churubusco, en la lateral norte-poniente vi una ambulancia intentando atravesar y no podía, el herido aún en el piso sin asistencia; coches y gente aglomerados sin poder –quizá en el caso de los curiosos que iban a patín, simplemente porque no querían perderse la nota roja– avanzar hacia ningún lado. Y en la lateral sur oriente, un árbol caído encima de tres coches y por lo tanto sin tránsito alguno. Un muy feo panorama. Aceleré el paso y llegué a casa unos 20 minutos después.

Hasta este momento sigo escuchando sirenas de ambulancias y helicópteros cerca de la casa. La luz aún no se restablece –estoy aprovechando la pila de mi compu portátil y uso interné telefónico–. Acabo de ojear en La jornada que el viento se debió a un meteoro y el especialista al que entrevistan en el Reforma dice que fue un fenómeno momentáneo, con un tono de voz muy ecuánime y confiado, como diciendo: “no es para tanto”.

Y sí, efectivamente creo que no fue para tanto, pero si así nos ponemos cuando hay un meteoro leve con viento de 70 km por hora ¿cómo nos pondremos si ocurre algo más desastroso. Más que un desastre natural me dan miedo las reacciones humanas.

Es evidente que –hablo en general, sé que hay valiosas, admirables y esperanzadoras; superhumanas excepciones– no estamos preparados para un fenómeno natural sorpresivo; es evidente que cargamos una gran culpa respecto a la vida del planeta; es evidente que estamos desconectados de la naturaleza y por eso nos asusta, no entendemos su lenguaje.  Y es evidente, que nuestra condición es de seres inacabados, de ánimos débiles sin fortaleza psicológica.  No somos seres alados de la noche, no somos duendecillos con poder y magia, somos a menudo muy predecibles y patéticos.  (Lo digo porque hoy hubo un atropellado, yo lo vi de lejos pero me consta y no fue precisamente un árbol quien lo atropelló).

Epílogo. Que venga un meteoro y nos recuerde que nuestra vida se puede terminar y que en realidad no somos nada, no es nada grato.  Ahora entiendo la neurosis de la ciudad y la mía propia: El ego no se quiere morir.

Moraleja: Las palabras favoritas de este texto son evidencia y evidente. ¡Ja!

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2 comentarios sobre “Meteoro -ito?- en el Tristito

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