Cada vez me acerco más a desconocer todo. No hay de otra.

Nunca como ahora me había sentido más lejos de comprender el sentimiento de otredad (no es que no lo sienta, no lo comprendo). Hay varias posibilidades. Que la otredá exista; que la O. no exista; que la O. sea el Otro; que la Otredad sea el sentimiento sobre el otro; que no haya Otredad porque no haya otro.  (ja, estoy guicheando). Pero si no hay otredad porque no hay otro, a qué le llamamos otredad (aparentemente esto no tiene sentido pero sí lo tiene, cheque bien, je)

Siempre supe que yo no me querría operar algo para verme como Otro. Mi nariz es de mi bisabuelo, mis cejas, piernas y nalgas, de mi padre, mis manos de mi abuelito Yeyo, mi voz, humor y nerviosismo de mi madre, y mi anhelo de Ser, de mi abuela Lucha, cuyos antecedentes son filipinos-oaxaqueños. Todo ello me configura.

De camino por el Viejo Mundo (y caduco, dice mi amigo Humbertico), específicamente por Holanda y España me he encontrado con gente variada local y de paso como yo. Antenoche en una cantina tradicional de Sevilla, acompañada de Tomoko -japonesa- conocí a un par de madrileños que enseguida supieron que yo no tenía que ver con Tokio pero tampoco, según ellos, con México, sino que “tienes más de filipina”. Pensé “qué cabrones son estos cabrones que tuvieron la suerte de que sus abuelitos definieran las mezclas entre varias otredades”. Y qué pinches somos todos que desde la Antigüedad (otra vez me refiero a Occidente) hasta hoy comenzamos a entrar en contacto con Otros a partir de la fisonomía; es nuestra primera experiencia del Otro y es justo por eso que es un Otro, por la apariencia.  Los peninsulares tuvieron el placer de occidentalizarnos sin que pudieramos elegir y, sin embargo, seguimos siendo Otros ante ellos y ellos son Otros ante nosotros.  (el nivel de mi guichera va subiendo)

Pero al final, después de pasar la barrera del aspecto y de la lengua (independientemente de que dicho aspecto guste o no) lo que queda son personas solas, vulnerables al placer y al dolor y sobre todo inmensamente necesitados del otro.  (ya casi llego a la frecuencia currrsi)

Más allá de las grandezas arquitectónicas y/o culturales que uno pueda admirar; más allá del enfrentamiento a circunstancias del todo nuevas; de la percepción de espacios y tiempo enrarecidos, en un viaje, una de las experiencias fundamentales es la relación con el Otro.  Si uno no roza eso se queda pobre. De viaje esa sensación se hace más aguda, pero aún en el sitio de siempre, en los ámbitos cotidianos, lo más enriquecedor es la relación con el Otro (con minúscula o mayúscula) independientemente de nuestra profunda soledad o justamente por ella, para evadirla un poco.  Y esto me hace recordar (aguas, porque ahora sí me voy a poner melosa) la enseñanza cristiana de amar al prójimo, pues no hay mayor vida que ver a través de los ojos del otro, sentir por el otro.  Por eso algunos españoles entienden muy bien de otredades y de clasificaciones raciales, pues su  historia está llena de derramamiento de sangre, pero también de mezcla.  Sin embargo, todo esto yo no lo entiendo, soy un gato que se esconde apenas huele o escucha el rumor de un extraño.

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2 comentarios sobre “Cada vez me acerco más a desconocer todo. No hay de otra.

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