Malcomida

Hoy odié Madrid y su comida fea y cara.  Por 9 euros comí una paella y unas albóndigas que apenas (o a penas) probé, horrendas, además respiré el humo de unos 5 cigarros en un restorancito de 4 mesas.  La zona que antes me había parecido interesante, histórica y multicultural (hay por aquí mucho negro, indio, mexicano y hasta gachupines, por qué no) se volvió sucia, maloliente, desordenada, ruidosa, fría. Pero todo sucedió porque antes había salido bien chingona a las 12 del día con sólo un café expresso en la barriga y después de 3 cuadras (¿se fijaron cómo todo es numérico en este post? Creo que ando calcule y calcule los tiempos, los dineros, las fuerzas, las ganas y las aventuras) de caminata terminé mareadísima y con náusea, así que tuve que regresar a casa (este simpático piso de Lavapiés de seres maravillosos que me hospedan) a recobrar energía. Después de cuatro horas decidí salir urgentemente a comer porque el malestar disminuyó sólo un poco y sospeché que la cosa podía tener que ver con que mi estomaguito estaba medio vacío. Después de empacarme el arroz dizque paella y la coca de 2 euros sentí que era suficiente pero sobre todo que era urgente salir de ese sitio, pues me estaba mal-viajando.  En diez minutos caminé unas doce cuadras a una velocidad inusitada para alguien que acaba de empacharse, pero la necesidad de salir de ese restorán, de esa colonia, de esas calles y luego hasta de Madrid y de España (hubiera cruzado el Atlántico de ser posible) era más grande que una panza llena.

Llegué no sé cómo, por pura suerte, a la Plaza Murillo entre el Museo del Prado y el Jardín botánico, pero yo no sabía a donde había llegado (aunque intuitivamente iba hacia un lugar donde estar a gusto) así que, después de medio tranquilizarme, miré el libro guía de la ciudad, abrí descuidadamente y lo único que leí fue el nombre de una calle llamada “Amor de Dios”dije ¡qué tal la sintonía!, Nora tiene un Dios DJ y yo tengo uno que es guía de turistas. Como el hecho me dio risa, a partir de allí la tarde cambió, me mudé a una banca a la que le pegaba el sol suave de las 5 de la tarde y apañé. Después decidí que caminaría hasta donde mi cuerpo aguantara, a ver si conocía algo de lo interesante de la ciudad.  Siguiente semáforo y ya estaba en la mítica fuente de la Cibeles, otro semáforo y estaba en la Puerta de Alcalá y un semáforo y medio más y estaba en la Plaza de América y en la Biblioteca Nacional, a donde he de dirigirme todos estos días restantes en Madrid y cuya dirección no tuve que buscar y además no tendré que gastar en pasaje pues está muy cerca ¡cómo es que sucedió que Linda apareció para darme un amoroso hospedaje y además en Lavapiés!, que resulta es el meritito centro de Madrid, donde está toda la movida.  Después, a las 7 de la noche, exactamente tres horas después, ya no odié tanto Madrid, sino esa pinche actitud que me suele ennegrecer el panorama y todo por 1) no haber comido y 2) por elegir entre la desesperación de la rapidez -es decir, sin tomarme el placer del apetito- una fonda equivocada.

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