“Siempre la misma canción”


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No tengo muchos lugares a donde ir, a pesar de las infinitas posibilidades.  Esa es la historia de mis apetitos, que no solo se refleja en mi exigua exploración por la red, sino en dos sueños recurrentes de hace varios años. 

Uno se trata de entrar algo deprisa a una plaza comercial gigantesca, que no es ninguna que haya visto jamás, sino todas las que he visto al mismo tiempo; muy “de avanzada”; muy extraña a mis ojos.  Al parecer cuando entro tengo claro lo que voy a comprar pero no aparece en mi cabeza como concepto, sólo sé que entré por un motivo; luego comienzo buscar y a darme cuenta que lo que esculco no me apetece; nada me convence o estoy en la sección equivocada. Pero no se dónde está lo que sí busco, pues no me acuerdo qué es; después de unos minutos me invade una sensación muy incómoda, como de estar perdiendo el tiempo y no encontrar lo que quiero; no parece estar en ningún lugar ni sección de la tienda -por muy atractivos y novedosos que sean los productos- y tampoco recuerdo ya qué busco, la cosa se va complicando más y nunca recuerdo en qué termina el sueño, pero nunca compro nada. A veces estos sueños son futuristas, (ja, perdón por el uso tan incorrecto del término -he soñado tecnologías de tiendas que no había visto y por ejemplo convertirse al cine Plaza de la colonia Condesa en un bar de onda-) y otros casi arqueológicos (en ruinas arquitectónicas, por ejemplo). Lo que siempre me ha parecido más relevante de todos mis sueños (como a Hiriart, en La Naturaleza de los sueños -aunque antes de leerlo ya lo sentía así-) es el sabor y el color (es decir, sensaciones) que experimento dentro de él.  

El otro sueño también se trata de la sensación de no recordar algo; esta vez no olvido qué necesito comprar, sino a dónde voy:  Estoy a punto de abordar o bajándome de cualquier transporte público (en una gran metrópoli que bien podría ser el DF, pero no lo es y sí lo es): metro, pesero, bus, tren ligero, trolebús, taxi, puente peatonale, subo o bajo escaleras, en grandes avenidas-no recuerdo calles chicas-, muchísimas veces caminando a gran velocidad, etcétera. En todas esas circunstancias en algún momento me doy cuenta que me equivoqué de ruta y que no estoy yendo a donde quería ir en un principio; no tengo claro a donde quería ir pero sé que no estoy yendo a ese punto y siempre hay una sensación de estarme alejando del centro; siempre muy al sur o muy al norte;siempre buscando; siempre con ansias, pero sin llegar. Veo cosas que recuerdo, lugares que ya he conocido y me pregunto “¿será por aquí?”, pero me pierdo más.  Pero en realidad nunca me pierdo, ni siquiera en el sueño de las tiendas; no es una sensación de estar perdida, sino de haberme equivocado de dirección;de estar lejos de donde quiero estar siempre sé dónde virar para regresar o cómo dirigirme a otro punto; el conocimiento lo tengo, sólo parece que he olvidado qué quiero comprar y a dónde quiero llegar.

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