Ollin -kilométrico- ¿otra vez?

Alguna vez Nora me comentó: “a todos nos gusta el cambio, pero a nadie nos gusta estar cambiando”, es decir, disfrutamos el cambio una vez que ha llegado. Yo, Luci, siempre me he jactado de disfrutar los cambios, es delicioso despedirse de lo viejo y al mismo tiempo recibir impresiones nuevas; es alucinante para mí el tipo de sensaciones hasta corporales que pasan con ello; es un ambiente parecido al de los sueños, donde todos los afectos se mezclan y forman un todo original pero lo esencial siempre queda claro y uno siempre es uno; es un barrido emocional, como cuando muevo los muebles de la recámara (que es algo que hago al menos tres veces por año). Así me gustan los cambios de mi vida, pues parece que al dejar de ser algo, la saboeo de otra forma. Pero llevo un año aterrada a cambiar de otra manera. Hay cambios externos que tienen incidencia en nuestros estados interiores y esos son los realmente cabrones. Hechos conectados con lo que uno es o al menos con lo que cree ser, con lo que lo identifica a uno.  Y por eso nos duelen pues no nos queremos mover ni un centímetro de la costra, del chicle que significa nuestra personalidad. Pero hay otros cambios más raros: el cambio de manera de ver el mundo, de sentir el mundo y de ver y sentir a uno mismo. Hay cambios interiores que -dicen- casi sólo las experiencias cercanas a la muerte nos los traen. De uno de esos cambios estoy hambrienta, los otros, los de color y estilo me tienen un poco aburrida y cansada, desilusionada, de ver que lo único que cambia es la cáscara.

Aquí la letra. Remarco lo que me interesa.

Ya tuve que ir obligado a misa,
Ya toque en el piano “Para Elisa”,
Ya aprendí a falsear mi sonrisa,
Ya caminé por la cornisa,
Ya cambié de lugar mi cama,
Ya hice comedia,
Ya hice drama,
Fui concreto,
Y me fui por las ramas,
Ya me hice el bueno,
Y tuve mala fama…

Ya fue ético,
Y fui errático,
Ya fui escéptico,
Y fui fanático,
Ya fui abúlico,
Y fui metódico,
Ya fui púdico,
Fui caótico,
Ya leí Arthur Conan Doyle,
Ya me pasé de nafta a gas oil,
Ya leí a Breton y a Molière,
Ya dormí en colchón y en sommier,
Ya me cambie el pelo de color,
Ya estuve en contra y estuve a favor,
Lo que me daba placer ahora me da dolor,
Ya estuve al otro lado del mostrador…

Y oigo una voz
Que dice sin razón
Vos siempre cambiando
Ya no cambias más
Y yo estoy cada vez más igual
Ya no sé que hacer conmigo

Ya me ahogué en un vaso de agua,
Ya planté café en Nicaragua,
Ya me fui a probar suerte a USA,
Ya jugué a la ruleta rusa,
Ya creí en los marcianos,
Ya fui ovolacto vegetariano, ¡Sano!
Fui quieto y fui gitano,
Ya estuve tranqui,
Y estuve hasta las manos,
Hice el curso de mitología,
Pero de mí los dioses se reían,
Orfebrería la salvé raspando,
Y ritmología aquí las estoy aplicando,
Ya probé, ya fumé, ya tomé, ya dejé,
ya firmé, ya viajé, ya pegué, ya sufrí, ya eludí,
Ya huí, ya subí, ya me fui, ya volví, ya fingí, ya mentí,
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Y entre tantas falsedades,
Muchas de mis mentiras ya son verdades,
Hice fácil adversidades,
Y me compliqué en las nimiedades…

Y oigo una voz…

¡Adentro!

Ya me hice un lifting,
Me puse un piercing,
Fui a ver al Dream Team,
Y no hubo feeling,
Me tatué al Che en una nalga,
Arriba de mami para que no se salga,
Ya me reí y me importo un bledo,
De cosas y gente que ahora me dan miedo,
Ayuné por causas al pedo,
Ya me empaché con pollo de spiedo

Ya fui al psicólogo,
Fui al teólogo,
Fui al astrólogo,
Fui al enólogo,
Ya fui alcóholico,
Y fui lambeta,
Ya fui anónimo,
Y ya hice dieta,
Ya lance piedras y escupitajos,
Al lugar donde ahora trabajo,
Y mi legajo cuenta a destajo,
Que me porte bien,
Y que arme relajo…

Y oigo una voz…

Vi en esta canción esa última idea: el ansia de cambiar interiormente. Durante algunos años he buscado mi vocación y no la encuentro; sólo ando cambiando de acuerdo a la suerte y a las circunstancias.  Y creo que no la he hallado por miedo a verme interiormente; encontrarla entonces no sería un cambio cualquiera, sino que estaría acompañado de un movimiento interior: aceptar quien soy.

Como sea, cualquier cambio externo me da por lo menos la oportunidad de moverme interiormente, de recordar el asombro por el mundo y por mi ser. Ahora voy a mudarme por octava vez en una década. Y me da miedo. Me aterra que ese cambio ya no me hable adentro, que la ciudad de todas formas ya no tenga encanto ni nada que descubrirle para mí, estoy dejando pues de creer en los cambios externos como salvación.

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