Un hombre serio

Si en “Burn after reading” ya habían dado muestra de la finísima ironía de contar una historia acerca de la vida cotidiana de unos personajes poco atractivos, sin ideales, algo idiotas y de ambiciones pusilánimes a los que no les ocurre nada envueltos en la monotonía de las satisfacciones más inmediatas y en la ambición que le corresponde a cada uno en su estrato social  -tan predecibles como ciertos hábitos de vida estadounidense – en ésta, los Cohen realizan una sátira de excelente calibre.

La absurda rutina de un judío padre de familia que se ha esforzado durante toda la vida por seguir las reglas que su religión le dicta. El relato está cargado de ironía: todo aquello que supone estabilidad y amor al prójimo resulta en caos: su esposa lo engaña, su hijo lo desfalca, su hermano inquilino lo entromete en problemas legales, su alumno intenta corromperlo, sus compañeros de trabajo desconfían de él y lo traicionan con habladurías, lo peor: lo que debería ser su soporte lo confunde y presiona llevándolo al punto, como toda su vida, de “decidir” no hacer nada, dejarse llevar por las pruebas de Dios y no hacer nada, sólo seguir las reglas, aunque sea de dientes para afuera y sólo en público; los mandatos divinos, ser un hombre serio, no divertirse, no torcer el rumbo, al fin es más fácil. Hay un punto de ambigüedad en el que se vacila acerca de qué es lo correcto: seguir las leyes de Dios o seguir las que al hombre le convienen.

Una vida de apariencias porque aparentemente el protagonista en realidad no siente nada por su esposa y no sabe cómo fue a meterse en ese carrusel pero siempre es más fácil no decidir nada, dejar que el sistema le diga por dónde. Una vida de apariencias porque las reglas se siguen no porque se entiendan o se crea en ellas sino porque es lo que hay, una vida de apariencias porque no hay una comprensión profunda de nada: la sociedad estadounidense acechada por el miedo al otro, la competencia, el repunte económico, la comodidad, el sexo.

Con acertada elección de actores y locaciones, la fotografía enfocada en detalles que resaltaban la monotonía: el vestuario, la decoración y la recreación de ambientes y barrios. La construcción de la verosimilitud judía/familiar son estupendos; el tiempo narrativo es de una sutil delicia en escenas como en la que él se sube a la azotea, las conversaciones con la esposa, los días en la escuela, las horas en el hotel, la visita a la vecina atractiva. El final es una especie de promesa de vuelta de tuerca (pues tal parece que por fin decide algo, elige no ir por el camino “moralmente correcto”), pero aunque lo haya, nadie parece darse cuenta, ni el propio protagonista advierte que salió de una crisis sin apenas rectificar sus pasos.

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